Ilka Oliva
Corado
19 de agosto de 2018.
Cada tres minutos pasaban inundando de
miedo las calles, la gente se agachaba y se tapaba la cabeza pensando que algún
rascacielos había sido bombardeado. Jamás en mivida había escuchado un
sonido así. Pensé, mientras recuperaba la respiración y el paso, en
Hiroshima, ¿cómo habrá sido ese instante? ¿Qué sintió la gente? ¿Cómo
los sobrevivientes lograron continuar después de semejante horror?
Pensé en la Latinoamérica bombardeada en la época de las dictaduras y la United
Fruit Company, en esos aviones de guerra lanzando bombas al por
mayor.
Cada tres minutos volvía el horror, el
sonido de la muerte y la gente volvía a agacharse mientras unos gritaban y
otros enmudecían, paralizados todos. Pensé en Irak, en Yemén, en Siria, en la
Palestina digna que aún con el silencio del mundo sigue en pie. Pensé
en aviones de guerra con metrallas, en bombas destruyendo pueblos enteros:
hospitales, escuelas, parques, campos de cultivo, museos. Pueblos enteros
siendo eliminados en nombre de la imposición, del apocamiento, del
avorazamiento de quienes creen que serán eternos y que todo les pertenece:
simples partículas de nada entre la inmensidad del universo.
No hay injerencia sin cómplices, desde dentro se entreteje la traición. Estados Unidos ha enviado un barco de guerra a las aguas de Colombia, con el pretexto de llevar ayuda humanitaria a los migrantes venezolanos en el país. Ha creado otra base militar en Argentina en la frontera entre Bolivia, en la Quiaca. Creó otra en la triple frontera entre Argentina, Brasil y Uruguay, sobre el Acuífero Guaraní. Ha podido crearlas porque en Argentina, Colombia y Brasil gobiernan lacayos y así mismo en el resto de países de América Latina con gobiernos neoliberales: clicas criminales de carácter empresarial a los pies de los injerecistas.
El barco estadounidense en aguas colombianas es una clara agresión a Venezuela, si Estados Unidos se preocupara por los migrantes como dice, empezaría por su propio país, donde son millones clamando por la Reforma Migratoria. Sabe que la razón de esas migraciones forzadas es la injerencia en Latinoamérica, si deja de buscar poseer libertades y dignidades que no le pertenecen, la historia de la migración masiva a su país no existiría. ¿Tiene buena fe con los migrantes y cree en la ayuda humanitaria? Bueno, que legisle una Reforme Migratoria Integral en su propio país y que deje de perseguir indocumentados criminalizándolos por su estatus legal en el país.
La idea no solo es cercar a Venezuela, su
principal objetivo, también acorralar y asegurar la posesión de Argentina,
Uruguay, Brasil y Bolivia, porque aunque así se paren de cabeza Cristina
volverá a ser presidenta del país y los estadounidenses ya saben lo que eso
significa. En Brasil la lucha ardua por la presidencia de Lula muestra la
resistencia del pueblo brasileño a la dictadura de Temer. En Bolivia, Evo crece
como flor silvestre entre los montes: natural y como parra que se expande como
pasionaria en los barrancos. En Uruguay el panorama no es distinto.
Aviones como los que hacían estremecer a
las multitudes en la avenida Michigan, están preparados
para bombardear a Venezuela desde territorio argentino,
colombiano y brasileño, no porque Nicolás Maduro sea un dictador,
si no porque tanto traidores como injerencistas mueren por adueñarse
del petróleo del país y apoderarse del control de la colonia estadounidense en
la que han convertido a buena parte de América Latina.
Pero no todos se venden y no todos son
traidores y esa resistencia tiene raíz de Pueblos
Originarios.
El sonido de la muerte es aterrador y es
recurso de los injerecistas, en cambio el sonido de la vida es agua de
quebrada, ese sonido es la armonía de la libertad por la que luchan los pueblos
que 500 años después no han logrado doblegar.
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